CUIDADO ESPIRITUAL & CUIDADO INTEGRAL

espiritual 1   Quien no ha escuchado a lo largo de su vida profesional frases como “el paciente X está muy enfermo, quizá se debiera hablar con la familia y llamar al capellán”. Pareciera que únicamente es importante la “cuestión espiritual” cuando el paciente se encuentra muy grave, cercano a la muerte o con una situación de riesgo vital. Cuando un paciente ingresa en el hospital o visita nuestra consulta por vez primera le realizamos una minuciosa valoración de su persona, no escatimamos a la hora de preguntarle acerca de sus hábitos higiénicos, alimenticios, sexuales, reproductivos, familiares, tóxicos… acerca de cómo vive, que ejercicio realiza, de sus enfermedades y la de sus familiares, de las medicaciones que consume, etc.… proseguimos con un examen físico, descubriendo aspectos “íntimos” de su persona, le desnudamos, le pesamos, le medimos (e incluso realizamos técnicas “invasivas” o agresivas)… y realizamos una valoración para descubrir cuáles son las necesidades de autocuidado que precisa y cuál es el balance salud/enfermedad que en ese momento tiene. En todos los modelos de valoración de enfermería, ya sea el de Virginia Henderson de las necesidades o el de Marjory Gordon de los patrones funcionales  (que son los que habitualmente empleamos) se considera la práctica de una religión o el sentido de los valores y creencias como necesidades vitales del individuo que se deben valorar y cuidar. Pero por regla general nos abstenemos de tocar estos temas o los pasamos de puntillas por una especie de “pseudopudor” a tocar ciertos temas que nos parecen “personales”. Por eso es mi deseo en este artículo acercarnos de alguna manera a este tema del cuidado espiritual y primeramente precisar el concepto de la dimensión espiritual de la persona humana. Lo espiritual se refiere al mundo de los valores, de las creencias, a la posición personal ante lo transcendente y sobre el sentido último de las cosas, a la visión global de la vida y de las opciones personales. Esto se puede confundir con lo religioso aunque en muchas personas coincide; podríamos definir a esto último como un conjunto de creencias y concepciones sobre lo transcendente, junto a prácticas y ritos compartidos con una comunidad de creyentes. Si bien no todas las personas tienen una religión, todos tienen, de alguna manera, inquietudes espirituales que frecuentemente aumentan en situaciones especiales como la enfermedad. Se han intentado múltiples definiciones de espiritualidad pero podemos decir que se refiere al conjunto de aspiraciones, convicciones, valores, creencias que permiten a cada persona orientar sus proyectos de vida. Incluye necesariamente lo religioso, aunque no se agota en ello. De acuerdo a este concepto, todas las personas, creyentes o no creyentes, tienen espiritualidad y necesidades espirituales que se van desarrollando y evolucionando a lo largo de sus vidas. Por tanto ante situaciones existenciales especiales, y la enfermedad lo es, que generan situaciones de crisis personal no podemos obviar el aspecto espiritual de la persona y centrarnos únicamente en lo orgánico. Si como profesionales sanitarios buscamos responder a las necesidades globales del enfermo en el contexto de una sanidad centrada en la persona no podemos obviar y debemos atender los aspectos espirituales/religiosos de los pacientes. Ante situaciones determinadas el enfermo y su familia necesitan tomar decisiones importantes en relación a los tratamientos o a sus limitaciones, procesos en los cuales sus valores y creencias religiosas influyen de manera fundamental; si conocemos dichos valores se facilita la comunicación y los procesos de toma de decisiones. Actualmente en nuestro país el cuidado espiritual se realiza escasamente y en muchos casos únicamente de forma intuitiva; por ello es necesario incorporar la asistencia emocional y espiritual como parte de la terapéutica y como exigencia ética de nuestras profesiones mediante un enfoque multidisciplinario centrado en el cuidado hacia el paciente y su familia como una unidad. Por ello es necesario que nos sensibilicemos hacia este tema, lo asumamos como parte de nuestras responsabilidades, nos capacitemos para evaluar las necesidades espirituales del enfermo  y comprendamos que el buen profesional es aquel que afronta el sufrimiento del enfermo y lo acompaña en su camino de búsqueda de sentido. Por último reseñar la importancia de incorporar en la medida de nuestras capacidades y conocimientos el cuidado espiritual a nuestra práctica diaria para un cuidado integral y centrado en la persona de todos y cada uno de nuestros pacientes.

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