SIMPLEMENTE PERSONAS

ayuda enfermera

 

Un día cualquiera de este pasado invierno me encontraba a primera hora de la mañana revisando la programación de pruebas que teníamos por delante  y citando los volantes que nos habían llegado de los diferentes servicios y plantas; entre ellos se encontraba una interconsulta de urgencias para la realización de una colonoscopia.

Nuestra costumbre es llamar al servicio correspondiente y  preguntar si el paciente está estable y como se encuentra  de preparado para la realización de la prueba. Pero aquella mañana nuestros facultativos se encontraban en una sesión clínica y tardarían un poco más de lo habitual para comenzar las exploraciones; tenía la sala preparada y lista y todo el material dispuesto por lo que decidí bajar personalmente a la urgencia para ver como se encontraba aquel enfermo.

Al  llegar la primera impresión fue impactante: gente por todos lados y yendo de un sitio para otro; sillas, camillas, enfermos en los pasillos, biombos, gente que salía y entraba de los diferentes boxes, uno se ha visto implicado muchas veces en situaciones parecidas, pero no es lo mismo “estar en la faena” que visualizarlo desde fuera.  Casi nadie se fijo en mí. Me acerque al cuadro en el que se encuentran ordenados y ubicados los pacientes y comprobé que la persona a la que le teníamos que realizar la exploración se encontraba en la sala de evolución. Me encamine a la sala azul, la denominamos así familiarmente por el color de las cortinas que separan las diversas salas y pregunte a una compañera como se encontraba el paciente; me contestó que no tenía tiempo para atenderme, la noche había sido “movidita” y la mañana se presentaba parecida,  que toda la  documentación del paciente se encontraba en el control y que yo mismo comprobara lo que me interesara. Revise las órdenes médicas, comprobé que se le había administrado la solución evacuadora de colon y leí los comentarios sobre su evolución, la  anamnesis y sus antecedentes personales.

Me dirigí a la sala del enfermo, allí me encontré al paciente acompañado de su esposa,  me presente y le comente que pertenecía al servicio de endoscopia digestiva y que venía a informarme sobre cómo se encontraba y a preguntarle algunas cuestiones acerca de la prueba que le íbamos a realizar. Su primera reacción fue de sorpresa, me dijo que si le habían dicho  que le iban a realizar una exploración, pero que nadie le había comentado en qué consistía, ni que es lo que le pasaba y cual era la evolución de su proceso. Había pasado una noche fatal, levantándose y yendo al baño de continuo con una gran diarrea. Le expliqué que le habían administrado una medicación para limpiar su colon, en qué consistía la prueba que le íbamos a realizar, el por qué de la indicación de la misma y le realice la entrevista pre anestésica para su sedación profunda y le dije que no se preocupara que durante la prueba le íbamos a “dormir” y que no sentiría dolor. El paciente me dio las gracias y me expresó que ahora se sentía más tranquilo y confiado respecto a lo que le tenían que hacer. Se le realizó la colonoscopia y a última hora del turno baje de nuevo a la urgencia para ver como se encontraba el paciente; éste me expreso su agradecimiento: no había sufrido ningún dolor, había tenido un agradable sueño y el médico de urgencias le había comentado que no había ninguna lesión, ni problema y que se trataba sólo de una cuestión aguda por lo que le darían el alta a lo largo del día. Me despedí de él y me congratule que todo hubiera ido tan bien.

Semanas más tarde la celadora de nuestra unidad me dijo que en la puerta había unas personas mayores que preguntaban por mí, extrañado salí y me encontré con aquel paciente y con su mujer; habían subido al hospital para una consulta y me traían un pequeño obsequio para darme las gracias por mi amabilidad y por haberles atendido cuando nadie les había  informado de lo que le ocurría; les di las gracias y les conteste que aquello era mi trabajo y que no había hecho nada de extraordinario, pero que les agradecía profundamente el que se  hubieran acordado de mí. Ese día me fui muy contento  a casa, orgulloso de ser enfermero, de poder ayudar a la gente y de poder crear relaciones comunicativas con los pacientes.

Días más tarde leía en mi biblia el pasaje de Lucas 10: 38-42; en él se nos narra como Jesús fue a visitar a Marta y a María y como ésta última se coloco a los pies de Jesús para escuchar lo que decía, mientras Marta estaba ocupada  en muchos quehaceres y como increpó a Jesús acerca de la actitud de su hermana. La respuesta de Jesús no fue otra que: “Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada”.

A pesar de conocer ampliamente este pasaje me puse a reflexionar sobre el  mismo, tratar de imaginármelo, ver las actitudes y los pensamientos de los personajes y ver si podía extraer alguna conclusión práctica para mi propia vida.

En un principio me llamo la atención que fue Marta quien recibió a Jesús, al parecer se conocían e imagino que era un privilegio que el Maestro viniera a su casa, por lo que Marta salió a recibir a Jesús como hacemos cuando un amigo nos visita. Su hermana María se coloco a los pies de Jesús, una actitud que denota por su parte una gran humildad y un reconocimiento de delante de quien se hallaba; mientras tanto Marta se ocupaba de un montón de cosas; me imagino que estaría preparando la casa para el evento, haciendo la cama y la habitación para Jesús,  preparando la comida, sacando agua del pozo, perfumando la casa y  otras mil cosas. En un momento determinado del ajetreo y viendo a María a los pies de Jesús, se acercó y le preguntó, obteniendo la respuesta que nos narra la Escritura.

Pensé que era loable la postura de Marta en un sentido, salió a recibir a su invitado y se ocupo de que todo estuviera en orden; yo mismo cuando recibo a un amigo deseo que esa persona se pueda hallar en un ambiente agradable, que no falte un detalle para que esté lo más cómodo posible, para que se sienta como en su propia casa y viceversa también me gusta que me traten así cuando voy de visita. Pero por otra parte, se olvido de lo más importante que era “estar” con su invitado, cosa que María si realizó. Personalmente sería una frustración el ser invitado a una casa y que todo estuviera muy bonito y preparado, pero que no se ocuparan de mi como persona, no se preocuparan de lo que necesito, ni de comunicarse conmigo, ni de escucharme; me sentiría muy halagado en un sentido, pero por otra parte pensaría que no se me considera importante, que podría ser sustituido por cualquier otro, que no se tiene en cuenta que soy persona y como tal único.

De ahí la respuesta de Jesús: “afanada estás en muchas cosas…  … pero sólo una es la importante”. Para Jesús lo importante es el ser humano, su esencia, no sus circunstancias o las cuestiones exteriores que son cambiantes. Lo importante es la relación con el otro, la comunicación desde lo profundo del ser que atañe a nuestros pensamientos, actitudes, a lo que anida en nuestro corazón; de ahí que alabara la postura de María, que se había dado cuenta de que lo importante, era escuchar a Jesús.

Al instante recordé el episodio que más arriba os he relatado. Es cierto que en nuestro quehacer diario como enfermeras nos enfrentamos a multitud de retos; a veces unos pocos segundos de actuación equivalen a salvar una vida o paliar secuelas para la misma; hay tareas ineludibles y debemos buscar la confortabilidad y el mejor cuidado para nuestros pacientes, pero a veces olvidamos que se encuentran en una situación de completa vulnerabilidad, que se sienten atemorizados y con incertidumbre respecto a su proceso, que quizá en muchos momentos lo único que precisan es que se les informe, se les explique lo que les ocurre, que haya alguien que les dé un poco de calor humano, les tienda su mano y les escuche, se comunique de ser humano a ser humano con ellos y les procure la atención necesaria que precisan. En definitiva que se acerque a ellos simplemente como personas, un ser especial, único e irrepetible.

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